empedrados
Aquella noche en San Telmo, bastó para convertir mis ecos en un sueño. Las luces que se movían frenéticas en mi pupila, eran solo farolas a los ojos de los transeuntes asiduos de esa nochecita porteña. Pero fueron estrellas fugaces, pequeños sueños que ideé y guardo en mi. No fué sino hace un par de noches, que embriagada del perfume que usabas cuando te conocí, mareada por los recuerdos de miradas y silencios, que escribí esos sueños en papel. Releer la tinta derramada en palabras, apresuradas pero ordenadas, como llenas de una urgente paz interna. Cuando me leo soñar, cuando recuerdo lo vivido de esos espejismos que son su mirada, y su sonrisa, que mas que espejismos se sienten como fotografías de una vida que todavía no viví. Al sentir todo eso, al sumergirme en esas realidades inventadas, esos planes ideales, noto que ya nada es lo mismo. Que hoy sueño como nunca antes, en cantidad, en detalles, en belleza e intensidad. Y así como me embriaga el aroma del jazmín que suspiro, me sumerjo también en la idea de un amanecer.


